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La importancia de llamarse Ernesto

Manuel Peiro Mir

En una obra literaria el título de la obra es capital para el autor. Es la forma en que se consigue llamar la primera atención del posible lector. Si se consigue este primer contacto es posible que el texto sea leído. El autor, y el editor como no, se desviven para conseguir que ese título sea un reclamo eficaz para conseguir que el lector pueda acceder al texto.

Pero en la fotografía, como en las demás artes plásticas, no usamos el título como llamada de atención. De hecho el mecanismo es totalmente inverso. Lo primero que ve nuestro espectador es la imagen. Primero de lejos ya ha de captar su atención para que esté interesado en verla más profundamente. Al verla el espectador se crea un concepto, un mar de sensaciones, una idea que le atrae, o no, pero que en todo caso no le deja indiferente. Es decir que primero disfruta de la obra antes de ver el título.

Entonces, ¿por qué insistimos en poner título a las fotografías? La verdad es que muchas veces sólo lo ponemos para diferenciarlas o catalogarlas. Este sería el título archivístico (IMG_2011_01_31_2532, Flor 414,…etc.) Otras veces nos encontramos en la necesidad de ponerles un título para cumplir con los requisitos de la exposición y usamos títulos meramente descriptivos y bastante anodinos. Así nos encontramos con títulos como “Flor”, “Laura 202” o “Atardecer en el puerto” que en cualquier caso no aportan nada a la obra y al espectador de la misma. Otras veces nos encontramos con títulos curiosos, imaginativos que son, a mi entender, los realmente importantes.

Entonces ¿qué importancia puede tener un título?. La verdad es que mucha. Volvamos a la posición del espectador. Hemos visto la obra, nos ha creado una sensación concreta, nos ha recordado otras cosas….etc. y entonces leemos el título de la obra. Al leerlo, el autor, de forma sutil, nos dirige hacia un punto concreto de la obra, hacia una sensación, hacia una idea. Y es en este punto que podemos hacer que la imagen del espectador, se enfrente con una idea preconcebida del autor y lograr así una reafirmación o incluso un giro inesperado que cambiará algo la primera idea del espectador. Así una misma fotografía si la titulamos IIMG_2009_01_26_2252 simplemente ayudaría al fotógrafo a clasificarla, el título “Cría de Pingüino” puede centrar, o intentar centrar el interés en el pingüino, “Fotógrafo de la Naturaleza” nos centraría la atención en el fotógrafo y “Como he quedado” abriría una interpretación tal vez algo humorística centrando el interés en la situación más que en los sujetos en sí. Este juego es el último intento del fotógrafo para transmitir un mensaje a los espectadores de su obra.

Es el título pues más que una introducción a la obra, como el caso del artículo o libro, es un epílogo que puede resumir esa imagen o nos puede abrir paso a una segunda interpretación, tan válida como la primera más cercana, tal vez, a la idea base del autor.
Así un mal título en una obra sólo no hace fracasar, normalmente, una fotografía. Tan solo hace que el título sea intrascendente. Un buen título por el contrario puede conseguir que esa fotografía sea analizada de nuevo con otra perspectiva o simplemente conseguir una sonrisa al espectador.

El último gran problema está en que muchas veces, más de lo que nos gustaría, el funcionamiento de las exposiciones y concursos hace que el título pase desapercibido o no se conozca. Tendríamos que ser todos conscientes de que cuando se pide un título a una obra para ser expuesta o juzgada, este título pasa a ser parte integra de la obra y la visión o juicio sin considerar el título pasa a ser un análisis parcial de la misma. Todos hemos visto concursos en los que el título no aparece hasta el acta y los jueces no lo conocen y por tanto pierden la posibilidad de esta segunda lectura, o exposiciones en las que el título es casi ilegible. 

Reivindiquemos pues un lugar de honor para los títulos, seamos creativos, demos al espectador pistas de nuestro punto de vista. No conseguiremos que el espectador entienda lo mismo que nosotros pero enriqueceremos de una forma notable la obra y su interpretación. Y si además conseguimos que el espectador nos explique lo que hemos querido expresar con la obra descubriremos miles de lecturas que no habíamos, ni tan solo sospechado, que pudieran existir.

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